
A cada edad le corresponden unos miedos. Alrededor de los dos años suele aparecer el miedo a la separación; entre los tres y los seis, la oscuridad, los monstruos y los disfraces; más adelante, los animales, el daño físico o los truenos. Ya en la etapa escolar aparecen miedos más sociales: hacer el ridículo, no gustar, no dar la talla.
Que un miedo sea evolutivo no significa que haya que ignorarlo. Significa que, bien acompañado, tiende a resolverse.
Cuatro cosas que ayudan
Tomarlo en serio
«No seas tonto, si no pasa nada» es probablemente la frase menos útil. El niño no deja de tener miedo, pero sí aprende que ese miedo no se puede contar. Validar no es dar la razón: es reconocer lo que siente. «Entiendo que te dé miedo, vamos a ver qué podemos hacer» funciona mucho mejor.
Acercarse poco a poco
Si tiene miedo al agua, no se soluciona metiéndolo en la piscina de golpe, pero tampoco evitando la piscina para siempre. Se avanza por pasos pequeños que él pueda manejar, celebrando cada uno.
Revisar qué transmitimos
Los niños aprenden mirando. Si un adulto de referencia reacciona con alarma ante los perros o ante las tormentas, el mensaje llega antes que cualquier explicación.
Darle algo que hacer
Ayuda mucho que el niño tenga un recurso propio: una respiración, un peluche que le acompañe, una frase suya. No es magia; es devolverle la sensación de que puede hacer algo, en lugar de esperar a que alguien lo rescate.
Lo que conviene evitar
Evitar sistemáticamente aquello que teme, porque confirma que era peligroso. Ridiculizarlo o compararlo con otros niños. Y las promesas que no podemos cumplir, del tipo «no va a pasar nunca nada», porque cuando algo pase, la confianza se resiente.
Cuándo consultar
Merece la pena pedir una valoración cuando el miedo limita la vida del niño: si no puede dormir solo de forma sostenida, si se niega a ir al colegio, si evita cumpleaños o excursiones, si aparecen molestias físicas recurrentes sin causa médica, o si el malestar se prolonga durante meses sin mejoría.
En terapia infantil se trabaja a través del juego y de materiales adaptados a su edad, siempre en coordinación con la familia, porque buena parte del avance ocurre en casa entre sesión y sesión.
Este artículo tiene finalidad divulgativa y no sustituye una consulta profesional. Cada persona y cada situación son distintas.
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